Milán anida sobre las llanuras de Lombardía, una de las regiones más desarrolladas de la zona. La ciudad de la moda es también sede dela Bolsa de Italia. Pero, sin duda, el símbolo que describe a la ciudad es su catedral, el Duomo di Milano.

Considerada como una de las catedrales católicas romanas más grande del mundo, el Duomo presenta una complejidad derivada del longevo periodo de construcción, pudiendo ser considerada de estilo gótico, o bien, neogótico. La catedral de Milán fue construida en el centro de la ciudad, a petición del arzobispo Antonio de Saluzzo, en 1386, y ultimada en 1805, por orden de Napoleón Bonaparte.

Su complicada estructura es fruto de grupos heterogéneos de arquitectos, entre los que destacan Giovannino dei Grassi, Antonio di Vicenzo y Heinrich Parler.

La arquitectura está formada por una cabecera poligonal y cinco naves: una central de 45 metros de alto y dos naves laterales a cada lado, con una media de hasta 40 pilares cada una. La construcción es de ladrillo, recubierto de mármol; los tejados, abiertos al público, dejan entrever el inusitado bosque de pináculos de 157 metros de longitud; y el punto más alto del templo es la La Madonnina, de cobre dorado, creada por Giuseppe Perego.

Una buena parte de la exuberante decoración externa con pináculos, gabletes y más adornos es resultado de un duro trabajo desde el siglo XVI, hasta el XIX.

En su interior alberga el Prebisterio, el sarcófago de los arzobispos Ottone y Giovanni Visconti, los altares de Pellegrini, el monumento Arcimboldi, el sarcófago de Marco Carelli, el Medeghino, la estatua de San Bartolomé de Marco D’Agrate y la obra visita de San Pedro.

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